Conocer nuestro estilo de apego puede ayudarnos a comprender cómo nos relacionamos con los demás, los  vínculos que desarrollamos en el  ámbito laboral, el tipo de  pareja que elegimos  y la manera en la que  acompañamos a nuestros hijos.

La Teoría del Apego, desarrollada inicialmente por John Bowlby y profundizada empíricamente por Mary Ainsworth, parte de una idea tan simple como profunda: los seres humanos necesitamos de otros para sobrevivir y desarrollamos estrategias relacionales a partir de las primeras experiencias de cuidado. Las caracteristicas de esas primeras experiencias y vinculaciones con las figuras de cuidado, condicionan significativamente   la construcción de nuestra personalidad y la manera de relacionarnos en la vida adulta.

Los 4 estilos de apego

Apego seguro:

Se desarrolla cuando el niño/a percibe que  las figuras significativas  responden de manera suficientemente disponible, sensible y previsible. Lo cual le permite  construir una expectativa básica:

“Cuando necesito ayuda, alguien puede estar disponible para mí.”

Esta vivencia  constribuye a la autoconfianza y a la «expectativa» de confianza en los demás facilitando la  exploración del mundo con mayor autonomía.

En la adultez, esta seguridad puede traducirse en relaciones donde existe mayor capacidad para confiar, expresar necesidades, pedir apoyo, establecer límites y tolerar cierta distancia sin vivirla automáticamente como abandono.

Modalidad vincular adulta del APEGO SEGURO:
«Puedo cuidar de mi de una manera asertiva y equilibrada. Puedo acercarme y alejarme . Puedo necesitarte. Y ninguna de esas experiencias pone necesariamente en peligro nuestro vínculo o me desestabiliza. Puedo tolerar mi  propia vulnerabilidad y generarme espacios de autodirección y autoapoyo. Puedo ponerme a salvo si percibo situaciones de riesgo. Puedo pedir ayuda y establecer límites claros. Puedo conectar y sentirme también  seguro/a en la intimidad. Puedo construir progresivamente relaciones de confianza.»

Apego ansioso/ambivalente

Muchas veces, los niños  perciben que la disponibilidad de las  figuras  de apego son inestables o  funcionan de manera  inconsistente (a veces responde, está disponible  y otras veces no). Es decir,  resulta más difícil anticipar qué ocurrirá cuando se necesite protección, contención o cuidado.  La incertidumbre incrementa entonces la vigilancia sobre el vínculo y genera hipervigilancia: “Necesito asegurarme de que no te vayas o verificar si sigues ahí para mi”.

Los niños cuando perciben su  entorno como «inconsistente»,  aprenden  a intensificar sus señales de proximidad para asegurarse la presencia del otro.

En la adultez, el apego ansioso puede presentarse  como elevada sensibilidad frente a cambios en la relación, necesidad de permanente confirmación afectiva, temor al rechazo, dificultad para tolerar determinadas distancias o tendencia a interpretar silencios y modificaciones en el comportamiento del otro como señales de pérdida que los lleva a  sentirse «no queridos o no elegidos».

Modalidad vincular adulta del apego ansioso/ambivalente:
Necesito sentir que estás cerca para poder sentirme seguro. Me valoro si me valoras. Mi seguridad depende de tu cercanía. Tu cercanía también a veces me asfixia.

Por eso algunas personas pueden terminar pendientes de pequeñas señales: un mensaje que demora, un cambio de tono, una menor demostración afectiva. No necesariamente porque quieran controlar. A veces están intentando recuperar seguridad para estabilizarse.

Apego evitativo

“Es más seguro no necesitarte  demasiado”

Cuando las necesidades emocionales encuentran repetidamente distancia, rechazo o escasa disponibilidad, puede desarrollarse otra estrategia. En lugar de intensificar la búsqueda del otro, la persona aprende a reducirla y aislarse emocionalmente.

La autosuficiencia se transforma en la mejor estrategia de protección.

En la adultez esto puede manifestarse como dificultad para mostrar vulnerabilidad, pedir ayuda o depender emocionalmente de alguien. La persona puede valorar especialmente la independencia y experimentar determinadas demandas afectivas de los demás como modalidades relacionales que «interpreta» como  invasivas o intensas. Ante el incremento de la intensidad emocional, o percepción de perdida de autocontrol afectivo tiende a  autopercibe vulnerable ante el otro. La modalidad defensiva impulsar a la persona a necesitar retirarse del vínculo, tomar distancia, racionalizar o minimizar aquello que siente.

Modalidad vincular adulta del apego evitativo:
«Puedo quererte, pero necesito sentir que sigo teniendo suficiente distancia para estar seguro. No quiero tanta cercanía. La intensidad emocional me gusta a veces y me genera temor. No quiero mostrar mi vulnerabilidad. No quiero sentir.»

Aquí aparece una distinción importante: autonomía y evitación no son lo mismo.

La autonomía permite elegir estar solo. La evitación puede convertir la distancia en una estrategia necesaria para no sentirse vulnerable.

Apego desorganizado

“Te necesito, pero acercarme también puede asustarme. Me regulo en el caos, sostengo ambivalencia y  a veces genero conflicto de manera inconsciente para autoregular  mi inestabilidad.”

El apego desorganizado plantea una situación especialmente compleja. La figura hacia la que los niños/as  necesitan  dirigirse para encontrar seguridad pueden haber  estado  asociadas, con experiencias de temor, inestabilidad, desregulación conductual, amenaza o profunda imprevisibilidad. Se produce entonces una contradicción difícil de resolver: la fuente de seguridad también puede convertirse en fuente de alarma y se organiza la modalidad vincular en una estrategia de supervivencia  altamente conflictiva .

Por eso pueden aparecer respuestas contradictorias de acercamiento, evitación, temor o desorientación, sin una estrategia suficientemente estable para recuperar seguridad.

En algunos adultos, historias vinculares de este tipo pueden asociarse con importantes dificultades para integrar intimidad y confianza. Teniendo a elegir vínculos en los que pueden repetir las modalidades relacionales aprendidas. Puede existir un profundo deseo de conexión y, simultáneamente, temor frente a ella y conductas hostiles como respuesta.

La persona puede acercarse intensamente y posteriormente retirarse; necesitar afecto y desconfiar cuando lo recibe; temer el abandono pero también experimentar la intimidad como amenazante.

Modalidad vincular adulta del apego desorganizado:
«Necesito que estés cerca, pero no siempre siento que estar cerca sea seguro. Necesito crear caos o elijo vínculos ambivalentes para sostener dinámicas conocidas. Te amo. Te odio. Desconfío. Confío».

No se trata simplemente de contradicción. Puede existir un conflicto mucho más profundo entre la necesidad de vincularse y la necesidad de protegerse dentro del propio vínculo. El apego desorganizado puede ser el resultado de experiencias tempranas de tipo  traumáticas, niños que fueron víctimas o testigos de violencia, vivencias de abuso o haber estado expuestos a cuidado negligente  por parte de las figuras de apoyo primarias.

Los modelos internos de funcionamiento o estilos de apego no son sentencias, sino condicionantes para la vida adulta que pueden ser tratados. En éste sentido, sabemos que las experiencias posteriores especialemente relacionadas con  vínculos seguros pueden facilitar  el aprendizaje emocional de recursos saludables. Los procesos pscioterapéuticos favorecen el autoconocimiento y pueden permitirnos construir nuevas maneras de relacionarnos.

Actualmente, podemos afirmar que el estilo de apego que construimos a partir de nuestras experiencias tempranas  en cierta medida es un predictor de  las características que tendran nuestras modalidades vinculares. El vínculo con PADRES, PAREJA, RELACIONES LABORALES, AMIGOS, HERMANOS E HIJOS  representan escenarios en los que se despliegan los estilos de apego internalizados.

SOMOS LO QUE PUDIMOS HACER CON LO QUE NOS PASÓ EN LA VIDA

Por eso conocer nuestro apego no debería llevarnos a preguntarnos solamente:

“¿Qué tipo de apego tengo?”

Tal vez resulte mucho más revelador preguntarnos:

¿Qué hago cuando alguien realmente me importa?

¿Me acerco? ¿Persigo? ¿Me alejo?

¿Desconfío? ¿Necesito controlar? ¿Puedo pedir lo que necesito?

¿Puedo estar cerca sin perderme?

¿Qué quiero mejorar de mi?

Porque muchas veces nuestra manera adulta de vincularnos contiene algo de aquello que aprendimos, mucho tiempo atrás, acerca de qué había que hacer para sentirnos seguros junto a otro. La seguridad y la confianza personal también se consolidan en el tipo de apego con los demás y en las conversaciones que tenemos con nosotros mismos

Reconocer nuestras heridas y la singularidad en el tipo de apego desarrollado  puede ser el comienzo de un cambio saludable que produce beneficios directos para  el entorno familiar, en los vínculos sexoafectivos,  entorno social, laboral y por supuesto:  trae la oportunidad de mejorar la relación con nosotros mismos.  Siempre podemos capaitalizar aprendizajes y  finalmente  ponernos en paz  con nuestra propia historia.  Sabemos que  hay circunstancias  del pasado que no podemos cambiar. Desde la adultez,  podemos elegir transformar el presente haciendonos cargo de nuestro bienestar con más y mejores recursos.

 

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Desarrollo de Personas y Organizaciones