Hace unos días vi una charla de Fabricio Oberto

sobre lo que él llama “el éxito invisible”.

Hay una parte que particularmente me quedó dando vueltas:

cuando habla de hacer el trabajo sucio.

En el deporte es fácil de entender.

No todo termina en un punto, una asistencia o una estadística.

Antes hubo alguien que defendió, bloqueó, corrió, ocupó un espacio o hizo un esfuerzo que permitió que otro terminara la jugada.

En el trabajo pasa bastante parecido.

Hay resultados que se ven y son fáciles de reconocer. Pero también hay un montón de cosas que suceden todos los días y que son mucho más difíciles de medir.

El que se hace cargo de un problema que podría haber dejado pasar.

El que ordena algo que nadie quiere ordenar.

El que cubre a un compañero cuando hace falta.

El que hace una tarea que quizás no le corresponde del todo,

pero entiende que alguien la tiene que hacer.

Ese trabajo muchas veces no aparece en ningún indicador. Y probablemente tampoco sea el que más reconocimiento recibe, sin embargo es lo que  sostiene al equipo.

Desde la gestión de personas, creo que ahí tenemos un desafío importante:

No confundir visibilidad con aporte.

Podemos medir resultados, objetivos, errores, productividad o cumplimiento.

Todo eso es necesario.

Pero hay una pregunta que cada vez me parece más importante:

¿El equipo funciona mejor cuando esta persona está?

Porque hay personas cuyo verdadero aporte no está solamente en lo que hacen ellas, sino en cuánto ayudan a que funcionen mejor los demás.

Y muchas veces, justamente ahí, en ese trabajo que casi nadie ve,

está una parte enorme de su valor:

Detrás de los aplausos está el esfuerzo que muchas veces no se valora.

El detrás de escena que hace que las cosas sucedan.

 

 

Lic. Jerónimo Terroba

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