El mundo del trabajo cambió
Mucho antes de ingresar al mundo laboral, una enorme cantidad de competencias necesarias para desenvolverse en él
ya comenzaron a entrenarse en casa.
Durante mucho tiempo, preparar a una persona para trabajar significaba fundamentalmente enseñarle conocimientos y habilidades técnicas.
Históricamente aprendimos que para ingresar al mundo laboral es indispensable tener recursos óptimos de EMPLEABILIDAD.
Esto es: podemos medir y amplificar la capacidad de una persona para generar, mantener
y desarrollar oportunidades de trabajo a lo largo de su vida,
poniendo en juego conocimientos, habilidades, actitudes y recursos personales que le permiten aprender,
adaptarse, relacionarse, resolver problemas y aportar valor en contextos laborales cambiantes.
Hoy eso sigue siendo necesario y es totalmente válido en un mercado altamente competitivo.
Las organizaciones necesitan personas capaces de aprender, adaptarse, colaborar,
resolver problemas, comunicarse, tomar decisiones, innovar y desenvolverse con niveles crecientes de autonomía.
El conocimiento cambia. Las herramientas cambian. La tecnología cambia.
Los puestos de trabajo cambian.
Y probablemente muchos de los niños que hoy están creciendo trabajarán algún día en actividades que todavía ni siquiera existen.
En éste mismo sentido, una reflexión que me parece cada vez más importante, surge de preguntarnos:
¿Qué podemos enseñarles hoy a los hijos que seguirá siendo valioso aunque el mundo cambie?
Cuando pensamos en preparar a los niños para el futuro solemos pensar en educación.
Una buena escuela. Idiomas. Tecnología. Una carrera. Cursos. Tal vez programación. Acceso a tecnología. Alguna experiencia en el extranjero. Todo eso puede ser importante.
Sin embargo, hoy sabemos que el diferencial en el mercado laboral son las habilidades blandas.
Por lo tanto, la preparación para el mundo adulto empieza muchísimo antes.
Empieza cuando un niño escucha un “no” y tiene que aprender a tolerarlo.
Cuando debe esperar y aprende a tolerar la espera.
Cuando algo no sale como esperaba y tiene que intentarlo nuevamente.
Cuando se equivoca y descubre que equivocarse no significa fracasar.
Cuando tiene una responsabilidad y nadie la hace por él.
Cuando puede expresar una opinión diferente sin faltar el respeto.
Cuando aprende a comunicar sus intereses y necesidades de una manera apropiada.
Cuando aprende que sus decisiones tienen consecuencias.
Cuando descubre que otras personas también tienen necesidades, tiempos, derechos y puntos de vista.
Autonomía
Las organizaciones necesitan personas capaces de resolver.
Personas que puedan recibir un objetivo y pensar cómo alcanzarlo.
Que puedan tomar pequeñas decisiones sin necesitar permanentemente que alguien les diga qué hacer.
Recordemos que la autonomía no aparece mágicamente cuando cumplimos 18 años.
Se construye de manera progresiva, adecuando las exigencias a la etapa evolutiva.
Tolerancia a la frustración
La vida adulta está llena de frustraciones y aprender a tolerarlas constituye una competencia extraordinariamente importante.
La crianza respetuosa no significa eliminar las frustraciones de nuestros hijos ni convertirnos en sus amigos.
Significa acompañarlos como adultos para que aprendan a atravesarlas y construir recursos para superar las dificultades que puedan surgir.
Responsabilidad
En el mundo laboral hay una competencia particularmente valorada en las personas: saber implicarse y aprender a hacerse cargo.
Esto implica el cumplimiento de compromisos y acuerdos que son parte del mundo adulto.
Reconocer errores y ser capaz de capitalizarlos positivamente para mejora y crecer, es una característica distintiva de las personas altamente efectivas y resilientes.
En definitiva, la palabra RESPONSABILDAD hace referencia a la aptitud de responder por las propias decisiones con habilidad.
Aprender del error
Tal vez esta sea una de las competencias más importantes del mundo actual y del que viene. Porque quien teme equivocarse difícilmente pueda innovar.
Si durante la infancia el error estuvo asociado principalmente con vergüenza, humillación, enojo o castigo, podemos aprender a ocultarlo: en ese caso, el adulto no cuenta con adecaudos recursos internos para la desafiante vida adulta.
Pero si aprendemos que un error puede ser analizado, reparado y utilizado para mejorar, desarrollamos una relación completamente diferente con el aprendizaje.
En una organización los equipos más destacados y las personas más valoradas son aquellas que aprenden del error y no son aquellos que nunca se equivocan.
Los verdaderos logros vienen de las personas y empresas que pueden admitir sus dificultades y deciden hacer algo para transformarlas:
“Esto no funcionó. ¿Qué podemos aprender para mejorar?”
De hecho los procesos de mejora continua en las organizaciones por definición, hacen de los «desvíos» o errores el motor de los cambios.
Pensamiento crítico
Queremos adultos capaces de pensar, preguntar, discutir argumentos. cuestionar, opinar, construir consensos.
Por supuesto que necesitan aprender desde los primeros años formas respetuosas de hacerlo.
El niño que puede preguntar “¿por qué?”, argumentar su posición, escuchar otra perspectiva y
eventualmente modificar la propia está desarrollando habilidades que años después llamaremos PENSAMIENTO CRÍTICO,
negociación, comunicación y resolución de problemas.
Capacidad para recibir feedback
En el mundo laboral alguien evaluará nuestro trabajo (un superior , un colaborador o un cliente) y no siempre nos gustará lo que escuchemos.
Aprender a recibir una observación sin sentir que toda nuestra identidad está siendo cuestionada también comienza mucho antes.
Por eso importa cómo aprendemos a expresar tanto observaciones postivas como negativas.
Una observación habla de una conducta que puede modificarse. No debería ser un ataque contra la persona y la identidad.
Los adultos que pueden recibir feedback, analizarlo y utilizar aquello que les resulta útil
poseen una enorme ventaja competitiva para seguir aprendiendo.
Colaboración
Las organizaciones contemporáneas funcionan cada vez más mediante equipos y en interacción con otras organzaiciones y/o proveedores.
Eso requiere escuchar, negociar, compartir información, reconocer capacidades diferentes, pedir ayuda, ofrecerla y aceptar que no siempre nuestra propuesta será la elegida.
La familia es nuestro primer equipo, donde las tareas de coordinación y la colaboración son fundamentales para el buen funcionamiento del hogar.
Allí aprendemos a que todos podemos ayudar y que existen diversos factores a tener en cuenta.
Desde el autocentramiento, individualismo y modalidad competitiva, hacemos lugar a lo colaborativo: yo importo, mi opinión importa, pero los demás también importan.
Aprendemos en casa que hay jerarquías, prioridades, y que las decisiones no siempre giran sobre los propios intereses.
Ese aprendizaje aparentemente cotidiano constituye una enorme preparación para la convivencia adulta.
Adaptabilidad
Probablemente nuestros hijos vivan en un mundo con niveles de transformación todavía mayores que los actuales.
Cambiarán tecnologías. Cambiarán profesiones. Cambiarán formas de trabajar.
Cambiarán organizaciones. Cambiaran aún más las caracteristicas vinculares en los entornos laborales.
Por éste motivo, quizás la mejor herramienta que podamos ofrecerles a los niños y adolescentes es enseñarles a relacionarse con el cambio de una manera constructiva y saludable.
Esto NO implica vivir sin estructura, jerarquía ni organización.
Paradójicamente, una base suficientemente segura permite transitar con estabilidad los proceso de cambio.
Cuando existen vínculos confiables, estables y ciertos límites previsibles, resulta más sencillo experimentar, equivocarse y volver a intentar.
La gestión de la incertidumbre es el desafío más importante de los tiempos actuales.
Entonces, ¿qué tiene que ver el estilo de crianza con la sociedad del futuro?
Muchísimo. Un estilo de crianza no determina qué clase de adulto será un niño, tampoco garantiza el éxito ni la felicidad.
La crianza es uno de los factores que condicionan los recursos de los que dispondrá
la persona para desarrollarse en la vida adulta y ser parte de una sociedad que aún no conocemos.
La construcción de entornos dónde prime el trabajo colaborativo, la paz social y el desarrollo saludable de las personas;
nos invita a comprometernos desde los lugares que cada uno ocupa siendo activos partícipes de la sociedad del mañana.
El FUTURO se construye desde el presente.
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